El domingo pasado, 13 de octubre de 2013, en el Teatro Colón a las 11 am. JODOS TRIO.
En un día que ya está grabado para siempre en mi memoria, con un lleno total de público hiper-entusiasmado que atravesó edades y preferencias de estilos, Ernesto Jodos con su Trío - Jodos, Carmona, Verdinelli- explotó en Buenos Aires con una música que allí, en esa sala, alcanzó su verdadera dimensión: la que merece. Decir hoy que Jodos hace jazz, o jazz argentino, o jazz actual, avanzado o cualquiera de las posibilidades combinatorias de estas líneas de significación media, es apenas tratar de colocarlo en sistema.
Pero no entra, no sirve, no alcanza. Su música y sus ideas van infinitamente mas lejos. Y cuando mas se aleja de "el estilo" o de sus fórmulas sociales, mas se percibe la absoluta integridad de su imaginario musical, su fatalidad constructiva, la esencia compositiva de su pianismo. Los pianistas se dividen en dos grandes grupos, se sabe: los que desde el piano entienden a toda la música y su historia, y los que a toda la música, la entienden como a un piano. Estos últimos -hay millones- jibarizan la politímbrica de ese asombroso instrumento y la reducen a un mecanismo, que podrá ser mas o menos apto y hasta virtuoso por sus velocidades, pero siempre "monofónico", monotímbrico, gris, sin sombras, sin ecos, sin resonancias, sin perspectivas. Puro instrumentalismo físico sin consecuencias. Los otros (sí, claro, los muy buenos) entienden que cada tecla, cada parte de ese animal mitológico extraordinario, tiene algo para decir, que no hay mueble alguno en su madera y que todo en él es un Nilo, el Paraná, el Ganges, el Atlántico. Un piano -ya lo dije- puede ser una cama o un barco. Un río inmenso, o un mar, que soporta la fuerza que lo arrastra por dentro y desde siempre. Como en las grandes ocasiones vividas en ese teatro, la música del Jodos Trío quedó flotando en el vacío liviano de la mañana porteña como un fantasma existencialista y profundo, sostenida en el mas allá de los géneros, en eso que ocurre cuando un artista se coloca frente a los temas sin restringirse al "modo de tocar o de entender" y se deja llevar por sus convicciones íntimas, sin perder biografía o destino. Sostenido en un tipo de deseo de trascendencia que ni siquiera parece mirar de reojo al otro, pero que opera como un impulso nuclear sobre los que están presentes. Jodos es impresionista en los acordes pero atonal libre en sus líneas melódicas, brilla como un cometa en las curvas de color a lo Taylor, aunque hay un Liszt oculto que le tira de las sábanas. Nunca en otro lado, Jodos se consume cuando toca en ese ahora. Esas ceremonias se realizan sin que medie una alusión que uno pueda recordar en ese especial mientras tanto, todo se filtra en esa máquina dominada, en ese piano conducido pero salvaje. Es impensable que logre tocar así de bien sin domesticarse, y mucho mayor es su mérito cuando dentro de ese teatro las convenciones de relación o las caravanas pulcras de sociedad civil pueden llegar hasta el ridículo. Usó, simplemente, lo mejor de este teatro: su acústica. En Jodos no hay jamás una idea que se escuche adaptada, todo es natural y fluye desde esa lógica. Lo dije, un Ganges que viene hasta nosotros cargando todo su fluír. Tengo para mi que cada melodía, sus variantes, el modo firme y sutil con el que Jodos presenta sus composiciones, con ese piano multitímbrico y sartriano (por lo existencial, por el estar ahí, sin dios) y que recorre la historia última de una música infinita, está aún pintando, en vuelo, suspirando cada frase con la serenidad de aquéllo que se pudo escribir, finalmente, sobre lo soñado. Sí, porque él se mueve en el ahora -lo dije, sartriano, existencial, sin dios- pero su música queda, y quedará.
Cuando le elogié el ajuste y la precisión del Trío - y sus casi arquitectónicos compañeros de esta vez se merecerían otra crítica, ya que tanto Carmona como Verdinelli no jugaron un rol menor en esta instancia, y en donde destacó muy especialmente la evolución de un músico muy joven que ya era formidable hace años, el contrabajista Jerónimo Carmona- Ernesto Jodos me dijo -sic-, " mirá, Oscar, ellos tocan lo que quieren". Yo, que nunca lo escuché tan perfecto, fue lo único que en esa mañana no le creí.

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